El arte de hablar bien se está desvaneciendo de la vida pública, y los políticos y líderes priorizan cada vez más la franqueza, la identificación o la absoluta incoherencia sobre el lenguaje claro y persuasivo. Este cambio no se trata sólo de estilo; refleja una tendencia cultural más amplia en la que la capacidad de articular ideas de forma eficaz se devalúa en favor de la autenticidad percibida.
Un cambio histórico
Durante gran parte de la historia estadounidense, la elocuencia se consideraba una señal de liderazgo e inteligencia. Exploradores como Meriwether Lewis fueron admirados no sólo por sus acciones sino también por su capacidad para hablar con fluidez y conocimiento sobre cualquier tema. Incluso las críticas se formularon con cierto grado de gracia verbal, como lo demuestra la observación de un comerciante de pieles sobre el sentimiento antibritánico de Lewis.
Sin embargo, este estándar comenzó a erosionarse a mediados del siglo XX. En la década de 1950, los círculos intelectuales veían la articulación como un signo de desapego emocional, una postura que contribuía a una preferencia por la expresión cruda y sin pulir. Esta tendencia se aceleró cuando los políticos comenzaron a equiparar las palabras duras con la acción decisiva, ejemplificada por la vulgaridad utilizada como sustituto de la política.
Ejemplos modernos
Hoy, el declive es marcado. Figuras como el expresidente Trump hablan con oraciones fragmentadas y palabras mal utilizadas, mientras que otros, como el secretario de Defensa Hegseth, prefieren la simplicidad agresiva a los matices. Incluso los demócratas a veces adoptan un lenguaje grosero para proyectar fuerza. No se trata simplemente de una cuestión de que el comportamiento privado se extienda a la esfera pública; es una estrategia deliberada.
El énfasis en la “autenticidad” ha llevado irónicamente a la falta de autenticidad, a medida que los líderes abandonan la claridad en favor de parecer identificables. Sin embargo, la historia demuestra lo contrario. Bill Clinton y Barack Obama tuvieron éxito en parte gracias a su destreza verbal, su capacidad para persuadir mediante discursos bien elaborados.
Por qué esto es importante
La pérdida de elocuencia no es sólo una cuestión estética. La comunicación clara es esencial para una gobernanza eficaz y un debate público informado. Cuando los líderes luchan por expresar ideas de manera coherente, se socava la confianza, se fomentan malentendidos y, en última instancia, se debilita la democracia.
La erosión de la articulación también afecta a las generaciones más jóvenes, que pueden crecer sin modelos de expresión elegante. Si bien la oratoria al nivel de Cicerón no es necesaria, un estándar básico de claridad y precisión es vital para una sociedad que funcione.
Devolverle valor a la elocuencia no tiene que ver con elitismo; se trata de garantizar que el discurso público sea digno de las cuestiones en juego. La capacidad de hablar bien sigue siendo una habilidad, independiente de la ideología de cada uno, y su reactivación beneficiaría tanto a los líderes como a los ciudadanos.



























